Bienvenidas
sean mis filias y mis fobias. Por eso declaro
ME GUSTA ver que aún quedan patatas
fritas por pinchar, los primeros acordes de ese temazo cuando salgo a correr,
me gusta el olor a material escolar, el pimentón molido en los garbanzos,
sentir que aún podría correr un poquito más, el primer trago de una coca cola
helada, descubrir la verdad en un
segundo de interpretación de Ricardo Darín o Spencer Tracey, un plato de pasta
que rebosa, el cuadradito de chocolate de después de correr, pasear solo sin
rumbo en una ciudad desconocida, una noche de cine casero con comida. Me gusta
Joaquín Sabina y el placer culpable que me provoca la Oreja de Van Gogh, me
lleva fuera de mi el sonido en Perdidos que indica un giro argumental que hace
que te plantees todo lo que creías saber hasta el momento.
No me
puedo resistir al plante que tiene Vanessa Martín aunque no conozca su música,
pensar que voy a concursar en Un, Dos, Tres y podré decir “hemos venido a
jugar, Mayra”, la indolencia que tiene James Bond al disparar, los planes que
no se programan y salen redondos, los desconocidos que te dan los buenos días a
primera hora de la mañana, divagar
hablando de política, de lo divino y de lo humano, y de lo que quiso decir
aquella escena, me encantan los sábados por la tarde, la gente que huele bien y
marca con su perfume su presencia, me
gusta como combina el verde con todo, los
churros de patata, esos segundos indescriptibles antes y durante el te deum de
charpentier, los libros que quieren que me quede un capítulo más con ellos,
Cracovia, las patatas guisás de mi
madre, cuando me salgo del guión, las meriendas perfectas, visitar museos y
sitios con alguien, que me llamen para ir al teatro con poco tiempo, el café
con sabor a canela
Me gusta
la música de cine, el chocolate apelmazado en el pastel, el sarcasmo como signo
de inteligencia, los paseos por el centro, que tras una ducha comience el día
de nuevo, sea la hora que sea. El periódico en el desayuno, Chandler Bing, la
manera que tiene el sol de brillar en el sur, pensar que la vida puede ser un
musical, dormir con el aire acondicionado encendido.
Me
encantan los abrigos y chaquetas, las camisetas negras, las ideas de Ikea, los
dos pasitos que da Superman cuando aterriza, las buenas formas en el hablar y
el tratar, que me pregunten cómo estoy porque quieren oírlo, que haya sobremesa
cuando almuerzo con alguien, la atmósfera despejada de la primavera, Los Tres
Mosqueteros, la Alianza Rebelde, reconociendo que la estética del Imperio mola.
NO ME GUSTA la gente que grita al
hablar, los niños pesados y sabiondos, no soporto a los que hablan sin
escuchar, las opciones que te plantea el ferretero, las mesas camillas, la ropa
de leopardo, la cara de culpable de la gente que sale de misa, el teatro que se
monta en las bodas, el aspecto del té cuando se está acabando, que me digan “tú
lo que tienes que hacer”. No me gusta la gente que lleva guitarras a una
barbacoa, el sabor de la piña, que no me abran la bolsa en el supermercado, la
chulería fingida de los raperos, los que fuerzan el acento andaluz para parecer
auténticos, la gente que trata a sus mascotas como hijos. Me ponen nervioso las
creencias mágicas, los mails que acaban en saco roto.

No me
gusta ver que la sábana bajera se salió. Los pañuelos decorando la pared de un
piso de estudiantes, que haya pocas patatas de guarnición, la cola antes de
coger un avión de Ryanair, el estruendo que provoca oír tu nombre en un
hospital, las nucas gordas, la gente que comenta las películas en el cine, como
si estuvieran en el salón de su casa. No me gusta la decoración de los
taxis, desayunar fruta, que un bar
cierre mientras estoy dentro, los servicios de atención al cliente por teléfono,
las estaciones de autobuses, los pubs que tienen dardos, la felicidad estúpida
de los karaokes, las fotografías de gran tamaño enmarcadas y nada de lo que nos
haga menos libres.